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#SerUrbano | Canning

Son inmigrantes, o hijos de inmigrantes. Llegaron de todos lados y en diferentes momentos, buscando en estas tierras un futuro mejor. Con ellos queremos homenajear a esos hombres del mundo que quisieron habitar en suelo argentino.

Un mosaico multicultural

Durante más de un siglo, Argentina rememoró el descubrimiento de América con el poco feliz mote de “día de la raza”. Pero desde el año 2007, esa fecha pasó a ser el “día del respeto por la diversidad cultural”. Si bien la fecha fue establecida como una reparación histórica hacia  los pueblos originarios, la diversidad cultural tambien se extiende a todo ese enorme abanico de inmigrantes que conforman el “crisol de razas” de nuestro país.
La flor de Canning simboliza el mosaico cultural que conforma la identidad de este lugar. Una identidad sin diferencias sociales, religiosas ni étnicas, que nació con los primeros colonos italianos, españoles y portugueses que instalaron sus quintas y hornos de ladrillos. Se enriqueció con la llegada de los miembros de la colectividad judía que construyeron los primeros countries, con los coreanos de los campos del golf, y los paraguayos, chilenos y bolivianos que vinieron en busca de un futuro mejor. Hoy, es una comunidad pluricultural que recibe con los brazos abiertos a todos los que quieran vivir, trabajar o invertir en sus tierras.
La tolerancia hacia todas las formas de expresión cultural, costumbres, creencias y religiones, es el único camino para crear una sociedad más justa e igualitaria.



CARLOS PEISAJOVICH
Ingeniero civil y agrimensor, desarrolló el primer country del país, cuando cundó “mi refugio” en Canning.
Todo comenzó en 1962, cuando Carlos pasó de casualidad por la localidad de Canning.  “Vine a visitar a mi papá a un hotel que estaba cerca de acá, cuando me di cuenta que en 40 minutos se podía llegar al centro de la ciudad, no lo dude. Todas esas hectáreas tenían que transformarse en viviendas, a la gente le iba a gustar e iban a venir”.
En ese entonces Carlos Peisajovich tenía 31 años y trabajaba en “Cante Grill” unas viviendas similares a un barrio cerrado en Punta del Este. Esa era la idea que quería recrear en Canning. Mediante un contacto logró comprar 17 hectáreas a lo que hoy es Banco Credicoop y comenzó a proyectar una nueva e innovadora forma de viviendas en la Argentina. Luego de 4 años de construcción, el 1 de enero de 1966 se inauguró el barrio privado Mi Refugio.
Junto con un agrimensor amigo y la ayuda de su esposa abogada, lograron adaptar la legislación de España para la Argentina y así poder ser los primero en utilizar la Propiedad Horizontal en este tipo de emprendimientos.
El desafío recién comenzaba. Ahora había que conseguir 318 familias que vinieran a vivir al barrio. Carlos empezó convenciendo a sus amigos de la comunidad judía, y de a poco el barrio se fue poblando. Al principio la mayoría de los nuevos habitantes pertenecían a la colectividad, aunque siempre quedo en claro que cualquier persona podía mudarse al country.
En una de las esquinas de la calle principal está su casa, en frente la de su suegro, en diagonal estaba la de su padre y en la actualidad su hijo vive a unas pocas casas de la suya.
“Al principio solo estábamos mi familia, mis amigos y yo. Pero ahora el barrio creció mucho y tiene un gran club house, 14 canchas de tenis, 6 canchas de futbol, campo de golf, pista de patinaje, gimnasio...”
En el año 1975, mientras que Mi Refugio seguía creciendo, Carlos creo su segundo barrio privado, Country El Venado.  Un barrio un poco más chico que el primero, pero con la aparición de los primeros negocios y el lento pero constante crecimiento de la localidad, se pobló en poco tiempo.  En 1979, fundo el tercer country Venado II y en el año 2000, junto con dos constructoras de unos amigos, logró pavimentar la calle Sargento Cabral, la cual ahora es una de las principales calles de la localidad de Canning.
Actualmente Carlos vive con su mujer en Capital Federal, pero su hijo sigue viviendo en el country con su familia y aporta activamente a la organización y el desarrollo del barrio. De a poco Canning se fue convirtiendo en ese lugar para vivir que Carlos soñó que gente elegiría. él fue uno de los principales causantes de que la localidad sea lo que es ahora.
Aunque ya no vive de forma permanente en el country, los fines de semana es una cita obligada venir a visitar a los amigos y con sus 84 años, recorre el barrio una y otra vez.



MANUEL MARQUES
Nació en Portugal hace 52 años y vino al país en 1971 con su familia, una de las pioneras de Canning.
“Cuando tenía 7 años, me dijeron que nos íbamos para Argentina” recuerda Manuel. Su papá, que en tierras portuguesas se dedicaba al alquiler de maquinarias de  riego y tractores, había venido primero en el año ’49 a trabajar en la fábrica de ladrillos de su hermano pero después se volvió a Europa. “Mi tío tenía un horno de ladrillos acá donde está actualmente El Rodal, después tuvo hornos donde ahora está Echeverría del Lago y ahora es dueño de Ladrillos Spegazzini”.
“A los 7 años es todo juego, venir de un país europeo donde las calles son angostitas, con adoquines y llegar acá donde todo era campo, era como llegar a otro mundo. Para mi encontrar tanto espacio era realmente de otro mundo. Nosotros vinimos directamente a Canning. De Portugal al Aeropuerto de Ezeiza y del aeropuerto a Canning. Mi tío nos fue a buscar con el auto.  Mi padre después montó su propia fábrica acá. La colectividad portuguesa en la zona era grande, algunos de los recién llegados se dedicaron a las quintas de verduras y otros a las fábricas de ladrillos. Nosotros a los ladrillos”. Con los años cada uno de los que llegaron tomó su propio rumbo. Manuel por ejemplo se dedicó a las estaciones de servicio.
Mientras se construía el Club Portugués de Canning, Manuel participó activamente y formó parte de la Sede Juvenil del club. “Tal vez ahora tengo más relación con gente de la comunidad portuguesa que antes” reconoce. El transcurso mismo de la vida hizo que se alejara de las actividades del club.
Manuel no volvió nunca más a Portugal. De hecho, siente más apego por Brasil, donde vivió durante 5 años, que por su país de origen. “Todos mis hermanos volvieron pero yo no”. Es que Manuel no encuentra nada que lo motive lo suficiente como para volver.



JUAN DIAZ DA SILVA
Es uno de los miembros del consejo del club portugues y junto a su familia TIENE un papel muy activo dentro de la comunidad.
En los años `50 una gran cantidad de portugueses llegaron a la zona de Canning. Los provenientes del norte de Portugal, más específicamente de la ciudad de Minho se dedicaron a las fábricas de ladrillos. Y por el otro los provenientes del sur de Portugal, de las ciudades de Beira Alta y BeiraBaixa, se dedicaron a la agricultura.
En la zona había aproximadamente unos 200 hornos de ladrillo. Actualmente donde se ubicaban esos hornos, se encuentras los distintos barrios privados.
Juan Díaz da Silva nació en Argentina, pero sus padres eran de la ciudad de Minho, y junto a otros portugueses tenían su propio horno de ladrillos. En 1978, se dieron cuenta que era necesario un lugar para encontrarse, para seguir viviendo las costumbre de su país, las comidas, los bailes, el idioma, etc. Es por eso que el 16 de octubre de 1978 crearon el Club Portugués de Esteban Echeverría. Un lugar para juntarse los fines de semana y comer los platos típicos como el bacalao o las sardinas. Las danzas portuguesas eran un ritual obligatorio que nadie se perdía.
Los años fueron pasando y el club sigue siendo un lugar de reunión para los hijos de los que lo fundaron. Aunque la mayoría de los miembros actuales son argentinos hijos de los primeros portugueses, para ellos la cultura y las costumbres son esenciales al momento de trasmitírselo a sus propios hijos.
Juan es uno de los miembros del consejo y el y su familia llevan un papel muy activo dentro de la comunidad. Pertenece al grupo folclórico de adultos, mientras que Amparo, su hija de 5 años baila en el grupo de chicos. “Cantan canciones en portugués, pero nosotros se las traducimos al español así ellos entienden lo que están cantando” cuenta.
En su casa les habla a sus hijos Amparo y Antonio en portugués de la misma manera que sus padres le hablaban de chico. Aunque él nunca vivió en Portugal, sus padres le inculcaron las costumbres desde pequeño y él las siguió durante toda su vida. “Antonio todavía no habla, pero a Amparo le digo palabras en portugués y después le pido que me las traduzca, así de a poco va aprendiendo a hablar” dice.
A demás de ser un lugar donde vive la cultura portuguesa, el club tiene un programa de radio, un gran salón de eventos y una escuelita de futbol para chicos de River
Los años siguen pasando pero para Juan es importante que las creencias no se pierdan, y así es como lo siente él. Con el simple hecho de hablarles en portugués a sus hijos o llevarlos a ver la típica danza, ya es una forma de que esta tradición no se pierda y pueda seguir pasando de generación en generación.



RUBÉN ARRUA BENITEZ
Vino a los 18 años desde Caguazú, buscando un futuro mejor. fue peon de albañil, oficial y contratista, hoy es director de Steven Piscinas, su propia empresa de diseño y construcción de piletas.
“Yo miraba los aviones y pensaba que debía haber otra vida. No me quería conformar con lo que me había tocado”. Rubén Arrúa Benitez nació Caaguazú, Paraguay, en el seno de una familia humilde, rodeado de once hermanos y una madre viuda que estaba perdiendo la vista.
A los 18 años decidió que era hora de salir en busca de ese nuevo horizonte que se imaginaba cada vez que miraba el cielo. Claro que a él le tocó venir por tierra. Lo hizo de la mano de su hermano mayor, Eustaquio que había llegado un par de años antes a trabajar construyendo piscinas.
De cualquier modo, el destino quiso que recalara en Ezeiza, “Vine en el verano del 86,  el año que Argentina salió campeón en México, y a nosotros nos eliminó Inglaterra en la fase de los octavos de final”, recuerda “Yo no hablaba bien castellano, en mi tierra hablábamos guaraní. Quizás por eso comencé a estudiar teatro en mis ratos libres, que eran pocos”.
El teatro vocacional le dio a Rubén dos cosas: la desenvoltura que lo acompañaría toda la vida y un nombre artístico que se convertiría en una marca registrada.  “Desde que llegué a Buenos Aires, fui peón, ayudante, y oficial de albañil, hasta llegar a ser capataz de obra. En el 94, ya era contratista y decidí comenzar a construir piletas por mi cuenta. Era lo que mejor sabía hacer. Un día, para entrar a la Martona, en Cañuelas, me pidieron la inscripción impositiva. Yo no la tenía y le pedí a un contador amigo, que hacía teatro conmigo, que me inscribiera. Y lo hizo con el nombre de Steven”.
Pasaron 22 años, y hoy Rubén es el director de la firma que lleva el nombre que alguna vez utilizó por admiración a Steven Spielberg. Trabajando conoció a Norma. Se casaron en 1998 y tuvieron a sus dos hijas, Brisa (17) y Delfina (13). Trabajaron siempre codo a codo, (Rubén en la parte operativa, y Norma en la administración), para hacer de Steven Piscinas la empresa líder en construcción de piscinas.
“Tuve la suerte de haber llegado a Ezeiza, y haber vislumbrado que acá había un futuro posible. El en 86, Canning no era ni por asomo lo que es hoy, pero ya se comenzaba a vislumbrar un incipiente crecimiento. Los barrios privados son el mercado ideal para mi actividad. Quizás, si me hubiera instalado en otro lado, no hubiera tenido las mismas posibilidades”
Con el tiempo, fueron viniendo de Paraguay su madre y casi todos sus hermanos, algunos de ellos trabajan en la empresa.  A pesar de construir en todo el país, y tener muchas obras en la zona norte, Rubén nunca se fue de esta zona.
“Canning es el lugar que elegimos para formar nuestra familia. Hoy, puedo decir que mi lugar está acá. Acá están mi familia, mis amigos y los amigos de mis hijas. Brisa comienza el año que viene a estudiar arquitectura, pensar que casi tiene la edad que yo tenía cuando vine”, dice con un dejo de melancolía que desaparece en un instante.
“No puedo quejarme, soy un agradecido a la vida. Yo no tenía nada cuando vine de Paraguay. Norma y yo nos matamos trabajando y tratando de estar siempre un paso más adelante. Hoy podemos darles a nuestras hijas un futuro mejor. Eso no tiene precio”.


CHOl SUNGCHEOL Y KIM YOUNGSUN
Chol y Ana nacieron en corea y se conocieron en argentina. Hace 20 años que estÁN casados y 16 que viven en la comunidad de Canning.
En los años 70, distintas familias provenientes de Corea del Sur, llegaron a la Argentina. La familia de Ana llegó a la Argentina en el año 74 en busca de nuevas oportunidades. Lo mismo pasó con la familia de Chol, pero ellos llegaron 3 años más tarde, en el 77. Ana en realidad se llama Kim YoungSun y Chol, Chong SungCheol en su idioma original.
La comunidad coreana en la Argentina en ese entonces no era muy grande, y trataban de mantener sus tradiciones. Ana y Chol se conocieron al poco tiempo que empezaron a asistir a la misma iglesia.
Cuando se casaron y decidieron que querían formar una familia, la vivienda era un tema muy importante para ellos. Buscaban un lugar tranquilo, seguro en el que sus hijos puedan vivir en contacto con la naturaleza y realizar actividades deportivas. Por eso luego de una larga búsqueda, encontraron los barrios privados en Canning.
Finalmente en el año 2000, compraron un lote en el barrio Echeverría del Lago y se mudaron junto a sus dos hijas, Sabrina e Ivana. Un año más tarde nació Arturo, el varón y consentido de la familia. Con el tiempo, necesitaron una casa más grande y cómoda y se mudaron a El Sosiego.
Los tres hijos crecieron en Canning y estudiaron en el Colegio Grilli, amalgamándose completamente con la comunidad local. Sin embargo, también asisten a las reuniones semanales de la comunidad coreana cultivando amistades en ambos lugares.



RAFAEL ANYELO FLORES
Llegó de Colombia para estudiar farmacia y odontología, y encontró aquí su lugar en el mundo.
Rafael Anyelo Flores Reyes nació en Bogotá, Colombia, en 1966. Con sólo 20 años, llegó a Buenos Aires para estudiar en la Facultad de Farmacia de la Universidad de Buenos Aires, donde se recibió de químico farmacéutico. Mientras estudiaba farmacia, Rafael descubrió su otra vocación y años más tarde se recibió de Odontólogo.
Para ese entonces, había decidido que su lugar en el mundo era éste. Comenzó a trabajar en Canning donde hace cuatro años abrió su propia farmacia. Hoy tiene, además, su consultorio odontológico en Canning y en Monte Grande, donde se destaca por una atención de excelencia, con tecnología de última generación y siempre a la vanguardia de los últimos tratamientos.
Hoy, con cuatro hijas argentinas, Rafael se siente un argentino más, y dice que sigue eligiendo Canning todos los días. “Puede ser que todavía falte mucho por hacer, pero es un lugar hermoso. Tiene el privilegio de ser una zona segura, tranquila, que está cerca de todo, pero en medio de la naturaleza.”



GABRIEL IAQUINTA
En la Italia de la postguerra, escuchó por radio un discurso de eva peron que lo llevaria a cambiar el curso de su vida.
Después de la guerra, Eva Perón se dirigió a Italia con la propuesta de trabajo para miles de italianos”. Gabriel Iaquinta, uno de los tantos desempleados, termino de escuchar las palabras de la esposa del presidente argentino y envió una carta de solicitud de trabajo al consulado. A los pocos días le contestaron que debía presentarse en Nápoles, junto a otros italianos, para embarcar con destino a la Argentina.
El 20 de enero de 1950, con solo 80 dólares, Gabriel llego a Buenos Aires, solo, sin ningún familiar que lo acompañe en esta nueva aventura.
Al llegar al puerto se encontró con que un compañero suyo de la primaria lo había ido a buscar. Su hermana desde Italia se había comunicado con él, para que lo aloje en su casa los primeros meses, hasta que Gabriel aprendiera bien el español y consiguiera trabajo.
Con los únicos 80 dólares que tenía se compró un sofá-cama para poner en el departamento de su amigo y así poder dormir en el living de dicho departamento.
Un mes después, con un español más fluido, consiguió trabajo en una empresa telefónica, en la cual trabajo 3 meses.
En julio de ese mismo año, mediante un aviso en el diario, se enteró que la empresa SIAM estaba contratando técnicos. Gabriel se había recibido de “electrotécnico” en 1943, por lo tanto se presentó en la empresa y quedo. Empezó con un sueldo de 700 pesos, “lo cual era bastante para la época. Averigüe cuanto ganaba los técnicos, y me dijeron que los técnicos más altos ganaban $700, y eso fue lo pedí como sueldo. Me hicieron esperar una hora, hasta que el gerente volvió y me dijo que estaba contratado” contó.
Unos años más tarde, bajo la presidencia de Frondizi, se realizó una licitación para la construcción de 200 locomotoras. SIAM ganó esta licitación, hizo la fábrica en San justo y lo pusieron a Gabriel como encargado de la construcción de los aislantes. Unos meses más tarde, la fábrica no daba abasto con la producción y le ofrecieron a Gabriel que siguiera trabajando para ellos durante la semana, pero que los fines de semana gabricara sus propios aislantes se los vendiera a la misma SIAM. Gabriel aceptó y empezó a dar sus primeros pasos como empresario independiente en Argentina.
A medida que aumentaban los pedidos, se unió con tres empresas para hacer frente a la demanda. Una de esas empresas era Dialectra.
En 1972 decidió invertir todo su dinero asociandose a Dialectra con el 10% de las acciones. Él no lo sabía, pero esa inversión iba a volver a cambiar su vida. 
Pasaron 40 años y Gabriel es hoy el alma mater de Dialectra. Sigue yendo todos los días a su fábrica, que se ha convertido en una empresa familiar.
Y como ocurre en la mayoría de las familias italianas, los Iaquinta siguen siendo fieles a esa tradición de reunirse todos los domingos alrededor de una mesa para disfrutar de unas buenas pastas...o un asado.



IZASKUN ORDOQUI URCELAY
Vino a la Argentina a sus 8 años de edad, y desde ese momento su vida se complementa con la cultura Vasca y la Argentina. La coordinadora y referente institucional del colegio Euskal-Echea mantiene vivas sus costumbres vascas, gracias a las actividades que realiza dentro y fuera de la institución.
En 1950 el padre y el tío de Izaskun, partieron del país Vasco con destino a la Argentina en busca de posibilidades de trabajo. Un año más tarde cuando ya habían comprado una casa y ambos tenían trabajo como transportistas, trajeron al resto de la familia a Buenos Aires.
En 1952, Izaskun junto a su abuela, su madre, sus 2 hermanas, su tía y sus 3 primos arribaron a la nueva casa en la localidad de Lomas de Zamora.
Como los hombres de la casa tenían un buen trabajo, pudieron mandar a los 6 menores de la casa al mismo colegio, el Euskal-Echea, ubicado también en Lomas de Zamora. “Con el idioma no tuvimos problema, ya que en el país vasco habíamos tenido una escolarización en castellano. Por lo que el español lo manejábamos con fluidez”, cuenta.
La comunicación con los familiares que no vinieron a Argentina era constante. Ocho hermanos de parte de la familia materna se quedaron viviendo allá, por lo que las cartas eran constantes. “No había un solo día que no llegara correspondencia. Hablábamos mucho con mi familia y los íbamos a visitar las veces que podíamos” dice Izaskun.
Al terminar el colegio, Izaskun estudio para docente de grado y comenzó a trabajar como profesora en el Euskal-Echea. Años más tarde se convirtió en directora del colegio, y finalmente en 2003 se jubiló y paso a trabajar de coordinadora y referente institucional, el puesto en el cual está actualmente.
El colegio tiene  una larga tradición de rescatar la cueltura vasca, y lleva a cabo una vez por año la tradicional fiesta vasca.
Pero además de la cultura vasca que se puede sentir en el colegio, los sábados por la noche la familia de Isaskun se reúne en el centro cultura vasco de lomas, el “Denak-Bat”.  Es un momento familiar de reunión donde también se encuentran con otras familias vascas. 
Izaskun se casó con un argentino ex alumno del colegio con el que tuvo 3 hijos. Todos sus hijos hicieron la primaria y el secundario en el Euskal-Echea, y lo mismo sucede con sus 5 nietos. Está muy agradecida con la Argentina por todas las oportunidades que le dieron a ella y a su familia, aunque como muchos inmigrantes se esfuerza por mantener vivas su raíces, como el simple hecho de hablar su idioma entre los miembros de la familia.